Barbie

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https://blogs.hoy.es/juegosdeninos/2012/07/09/munecas-o-coches-de-rosa-o-de-azul/?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F


Hoy he decidido comenzar más temprano este ejercicio y ponerle límite de tiempo para que no se haga luego una tarea que termine relegando por su duración. 

Entre la diversidad de actividades de la vida diaria, darse tiempo para escribir cosas placenteras hasta pareciera una manera de procrastinación, ja ja ja. 

Sin embargo, sabemos que nada menos real que eso cuando se trata de una tarea agendada, que trabaja nuestra disciplina.

Escribir y darle forma a las ideas que comienzan sin forma (como en este caso), sólo con un tema, es un acto de destreza, no hay duda. Comenzar, desarrollar y terminar un texto no es fácil y menos darle sentido. Lo hermoso es que como somos tan profundos los humanos, siempre tiene sentido lo que expresamos, ya sea evidente o no.

Bueno, hoy quiero hablar de la muñeca que tiene al mundo de la farándula y del marketing teñido de rosado. 

¿Por qué? Porque de algo tengo que hablar. Me he dado cuenta que esto se está tornando muy autobiográfico y que probablemente a nadie le interese mi relajo, pero a mí este ejercício me libera endorfinas y dopamina. Es un juego maravilloso que juego conmigo y si alguito puede distraer a alguien del otro lado, yo feliz. Y si se terminan develando los velos pues estoy segura que será ante seres que, al gustar de la lectura, sabrán pasar lo leído por el filtro de su criterio. 

Barbie. Las primeras imágenes que se pasan por mi mente cuando pienso en esta muñeca son las escenas de Los Simpson en el capitulo de la Staycey Malibú (si así se escribe), las mallas o trajes de baño de mis muneñas Barbie que cambiaban de color al sumergirlas al agua, y la cantidad de muñecas que yo guardaba en sus cajas sin usarlas nunca para jugar con ellas. 

1990. Mi primera navidad en Cochabamba con mis abuelitos. Mi primera muñeca Barbie entre los regalos del niño o de papanoel, no recuerdo exactamente hacia quién era mi gratitud ese tiempo. Me emocionaba mucho recibir ropa de regalo, zapatos, chompas, poleras, peponas, pata patas, pero sólo me alegró recibir esta muñeca de regalo al ver la alegría de mi mamá y mi abuelita al teminar de abrir el paquete. Parecía un regalo muy especial, nunca pude entender porqué en ese tiempo...

Ahora puedo entender que mucho tenía que ver el costo de la muñeca y el difícil acceso que se tenía a poder adquirir el producto.

Lo cierto es que esto hacía que las familias cuyas niñas las tuvieran, fueran vistas como muy pudientes, muy internacionales, muy importantes... Reafirmaba el prestigio familiar, digamos.

Tengo que decir que para mí fue una literal pesadilla. 

La muñeca en cuestión terminó siendo más importante que mis deseos de jugar con ella. Durante 5 navidades. Antes que mi abuelita falleciera en 1994, coleccioné alrededor de 20 muñecos Barbie: 18 Barbies y 2 Ken.

Sólo me dejaron usar 4 de ellos: la Barbie y el Ken afroamericanos y la Barbie y el Ken caucásicoamericanos.

Del resto me dieron la instrucción de no sacarlas de sus cajas. 

De niña mi anhelo era poder ver de cerca sus vestidos, sus pequeños accesorios, moverlas, pero sobre todo olerlas. Tenían un olor muy muy particular, por supuesto a goma perfumada, pero que ese tiempo me hacía sentir en una película de Disney. No estaba demasiado equivocada, imagino...

Las muñecas y muñecos de Barbie con los que logré jugar eran las más sencillas; las demás, las que tenían múltiples accesorios, se quedaron hasta el día de hoy en sus cajas. Mi travesura era abrirlas delicadamente, sacarlas para olerlas y ver sus detalles y volver a guardarlas sin que se notara que las había sacado.

Todas estaban puestas sobre un aparador. Las veía todas felices, intocables, mientras yo jugaba con sus hermanas más mundanas, más aventureras, digamos.

Uno de esos días mis perritos terminaron maticando algunas partes de mis dos muñecas, destrozando sus trajes y sus manos. 

La parte más divertida de jugar con ellas no era jugar con ellas, sino era inventarme sus casas en minuatura con servilleras de tela y cajas de fósforos, etc. Una vecina con la que yo iba a jugar me hizo amar la idea de inventarles espacios, pues con ella armamos de algunas cajas y lanas un ascensor. Me sentí maravillada por el invento. 

Y así, sólo al final del juego las muñecas entraban en escena, cuando ya casi tocaba volver a casa o cuando ya casi las ganas de seguir jugando terminaban. 

Mis juegos favoritos eran los juegos de mesa, que también mis abuelitos nos compraban a mi hermano y a mí: ludo, cara a cara, esos peces que daban vueltas en una piscina a pilas y nos tocaba pescar con una caña imantada, ajedrez, cartas y un largo pero largo etcétera. 

Amaba ver a mi abuelita jugar ludo porque siempre hacía sonar el dado al batirlo. Sonaba a pesar que sólo tenía un dado en la mano. Sólo años después me di cuenta que era porque chocaba con su anillo de casada. 

Mi abuelita amada... Ella y su mundo, ella y sus pasiones, ella y sus razones...

Una noche, a mis 9 o 10 años, después de haber vivido la pesadilla mayor de mi vida en la vida real, antes de dormir, alcé la cabeza para ver en el aparador sobre mi cama a mis 2 muñecas sentadas. Vi cómo una de ellas movía las piernas y le flotaban los cabellos. 

El terror de ese hecho hizo que no quisiera verlas nunca más. Guardé a todas en un par de cajas y las dejé en el depósito, de las que sólo saqué al momento de mi traslado hace diez años. 

El nivel de relacionamiento de cualquier niño con sus juguetes es muy íntimo y era triste que tan niños tuviéramos que ver la desnudez de esa manera, tan cercana a la de un adulto real, de los que entendíamos tan poco y encima con los que teníamos que jugar...

La hipersexualización de sus formas, desarrolladas según el prototipo de hombre y mujer de revista, hacía que proyectáramos no sólo adultez, sino sexualidad. Al vestir y desvestir estos muñecos, al hacerlos relacionarse... Sólo podíamos pensar en: ¿qué hacen los adultos? ¡Eso hay que hacer!

No en vano los niños varones que no jugaban con ellas, sólo las alzaban para besarlas o hacer bromas sexuales que ni ellos entendían, pero que probablemente eran actos que imitaban de las telenovelas mexicanas o brasileras de la época con las que las familias de clades media estaban medio obsecionadas, de los shows televisivos o incluso de sus padres, familias o vecinos.

Cuando guardé mis muñecas en caja supe que ningún niño tenía porqué jugar con este tipo de juguetes humanizados y menos propios del mundo adulto. 

Hoy una sexóloga capísima, Elaine Féliz, repite constantemente que el mostrar imágenes de desnudos a los niños se constituye en abuso sexual. Que las imágenes didácticas para enseñar las partes del cuerpo a un niño deben ser dibujos planos, nunca explícitos y menos reales.

Hoy, para mí, hablar de Barbie es hablar de la educación y hablar de la pertinencia de adentrar a los niños al mundo adulto a temprana edad. Es hablar de quemar etapas, de inculcar anhelos relativos a la posición social y por supuesto a adentrar a los niños al mundo comercial, haciéndolos consumidores no sólo de productos, sino también de ideales tanto de belleza como de sociedad. 

Para mí Barbie es una muñeca para jóvenes, que ninguna ni ningún niño (esta estapa incluye la adolescencia, según la OMS) debería tener en sus manos hasta entender las cosas básicas de la vida. 

Estos muñecos no se mueven, no deciden, sólo sonríen. No tienen ningún poder aparente sobre el niño, pero el niño, para jugar con ellos debe poder entenderlos y es ahí donde el juego se vuelve serio. 

Me es inevitable terminar este ejercicio recordando lo que me lleva a seguir creyendo en el ser humano y seguir prácticamente viva: nuestro poder de crítica y propuesta para mejorarnos. 

Yo como adulto, puedo comprender de qué va todo este show de pasarela e incluso disfrutarlo. Pero un niño inculcado por sus propios padres a este tipo de consumo crece inevitablemente creyendo que la pesadilla debe ser parte de su vida. 

Sí, es perverso. 

Sin más que decir, y debido a que el tiempo apremia, me despido por hoy.


Ilonka D. R.





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