Un poco de La Paz
Hoy me he producido very beauty entrada la noche para tomarme unas fotos tamaño carnet (la magia de la Nueva Era...). Es domingo y no suelo ponerme rimel a las pestañas si no es para salir a una fiesta, pero aqui me tienen, sintiendo ese peso típico que deja el rimel al abrir y cerrar los ojos.
Cabe contextualizar, porque escribo con muchas muchas ganas de bailar, es la verdad.
Mientras trabajaba mis aretitos de tostadaalsol, pensaba en qué tema podría abordar hoy para este ejercicio diario. Pensaba en las cosas importantes del día, o quizás las que merecen la pena contar y en las que me atrevería a ahondar según mi ánimo de hoy.
Sí. La Paz, Bolivia.
Ese lugar al que hasta el año pasado siempre he querido volver. ¿Por qué hasta el año pasado? Continuará...
He pensado en mi vida allá, en mis "círculos", en mis actividades, en mi hermosa vida de estudiante, muy popular al principio y luego muy exclusiva y solitaria, fruto del aprendizaje y de la inevitabilidad de los cambios en todos: entras a la U y en el camino te vas haciendo adulto, los sacudones son muy rápidos, muy intensos, a muchos les toca traer hijos al mundo, cambiar de estado civil y de responsabilidades, a otros les toca meterse en el mundo de la noche, la fiesta y/o las drogas, a otros zambullirse en política, a otros tejer sus redes de influencias para hacer camino profesinal y a otros fluir entre los estudios, las ganas de cambiar el mundo, hacer los deberes del hogar, la fiesta, e intentar amar sin procrear...
En fin. La Paz, Bolivia.
Recordé esas cosas que sólo he vivido allá. Y es que en La Paz ocurre algo que quizás en otras ciudades de Bolivia no ocurre: las personas se mueven por todos los barrios, hay familias acomodadas y populares en todas las zonas, a pesar que se concentra el grueso de la población tradicionalmente acomodada en el famoso Sur.
Por tanto, cuando te acercas a la ciudad, es inevitable convivir con la diferencia, tanto de un lado como del otro. No existe frontera para la vida nocturna ni para la vida pública.
Quizás es por eso que tanto se ha escrito sobre los submundos paceños, quizás es por eso que una persona que ha vivido en la calle por los tristes avatares de su vida, como lo hizo Víctor Hugo Viscarra (escritor paceño), ha logrado publicar sus obras o empaparse del mundo de la literatura e ingresar en él, a su estilacho, pero ingresar al fin.
Quizás es por eso que una persona de familia de élite como lo fue don Jaime Sáenz, otro escritor paceño, que ha convivido con personas al estilo de don Víctor Hugo Viscarra, también ha escrito sobre estos submundos, no tan desde adentro y crudo como Viscarra lo hizo, pero sí desde la propia experiencia.
Es imposible llegar a La Paz y no conocer Bolivia y un poco del mundo.
Allí tenemos a todas las embajadas junto a sus diplomáticos, a todas las nacionalidades bolivianas en los funcionarios que gobiernan y que se trasladan para fungir como representantes de sus localidades, y mucha población migrante orureña y potosina, además de campesina altiplánica.
La vida diaria está llena de actividad, con un ritmo fijo. El silencio imperante en las partes menos comerciales de la ciudad se siente alrededor de la una de la mañana, y vuelve el sonido más o menos a las seis del día siguiente.
Desde las 5 ya puede verse gente transitando, a pesar del frío.
Cuando era niña, iba mucho a La Paz a pasar las vacaciones con mi papá. Para mí era poco agradable generalmente, no sólo por el cambio de temperatura, sino principalmente por el ritmo de vida de mi viejo, muy desordenado, que me estresaba y me impedía hacer las paces con la ciudad a la que me sentía tan ajena...
Pero entre todo ese estrés, habían cosas, muchas cosas que captaban la atención de un niño pueblerino como lo éramos mi hermano y yo, nacidos en la Villa 1ero de Mayo de Santa Cruz y viviendo en la -para nosotros- pacífica Cochabamba de los años noventa.
Los olores a café destilado; el pan fresco crocante de la mañana; las noticias de la radio Fides con el programa de Cristina Corrales que daba las noticias con total arte, el que comenzaba con una canción alegre que decía "¡Cristina y usted!", "Cristina" una voz media e "y usted" la decía una voz o coro de voces aguda, que se volvía pegajosa y hacía que una se sintiera parte de algo al ya saber qué venía o al reconocer el sonido del programa cada mañana; el atuendo de las personas, siempre elegante; el ritmo de vida como de marcha naval de las personas, todas enfocadas en el trabajo, todas apuradas, todas subiendo y bajando de vehículos y edificios; la cantidad de cines por los que pasábamos a diario; el mundo adulto oficinista; la cantidad de perros mascota llevados con correa por sus amos, que los sacaban a pasear o a hacer sus necesidades a diario y que vivían en edificios; los mercados barriales que no se parecían nada a La Cancha de Cochabamba, que no ocupaban las calles sino edificios; todo eso nos dejaba boquiabietos a mi hermano y a mí.
Ir de vacaciones nos ponía a prueba. Era una escuela que teníamos que aprobar para intentar sentir que lo que estábamos viviendo eran verdaderas vacaciones.
Hay mucho que contar detrás de esas vacaciones. Muchísimo.
Pero quizás lo que ahora me llama más la atencion, antes de entrar al tema que me trajo hoy, es la forma en que nos comenzamos a relacionar mi hermano y yo con el mundo adulto. Es probable que por primera vez, yendo de vacaciones, sintiéramos que las personas tenían interés en conocernos antes de hacerlo, y que estuvieran de alguna manera interesadas en nuestro bienestar, en hacer que la pasemos bien, en llevarnos una buena impresión de ellas y de las experiencias que pasábamos en esta ciudad.
Adultos que nos miraban a los ojos, que nos contaban sobre sus vidas, que hacían chistes para nosotros, que nos incluían, que no nos trataban como niños o como lo que creíamos que era ser tratados como niños hasta ese momento.
Y ahora que lo escribo y lo pienso, es probable que sea porque mi papá les contaba de nosotros, de seguro con su versión de los hechos respecto a su separación, pero haciendo hincapié en lo difícil que fue el conseguir volver a vernos a mi hermano y a mí y, más aún, en poder llevarnos de vacaciones...
Qué lindo ejercicio éste.
Vale honrar las cosas buenas y los esfuerzos por hacerlo bien detrás de los errores de nuestros progenitores.
Bien, probablemente las cosas que más nos hicieron sentir las vacaciones, fueron poder pasar tiempo con nuestra prima que nos hacía planes para ver ballet (mi pasión), para ver películas de terror, para salir a pasear, jugar juntos, etc. Y con mi viejito: ir a las noches de baile escocés, a las que íbamos con su novia inglesa (hoy mi gran amiga), con la que él vivía; hacer collages con recortes de revistas; leer el diccionario; escuchar radio y música clásica; y, sobre todo, ir a comer al chino.
Tengo ganas de llenar de emoticones de corazones lo que resta de esta entrada.
Ese era un premio: el lugar era mágico. Desde el primer pie que ponías dentro, sentías que viajabas a otro lado. Si no me equivoco, sigue existiendo la chifa, he ido quizá hace unos 5 años atrás por última vez.
Estaba ubicada en el barrio en que mi papá vivía ese tiempo (San Pedro), muy cerca del Mercado Rodríguez, uno de los más importantes de La Paz, en el que se asientan principalmente las vendedoras de hortalizas, y en el que abundan los señores cargadores o llamados aparapitas, que trabajan cargando y descargando los camiones que llegan con producto y ofreciendo sus servicios para cargar bolsas de mercado de los compradores.
Los aparapitas son personas muy conocidas precisamente por la literatura de Saenz y Viscarra y que tienen un estilo de vida muy sacrificado, siendo normalmente migrantes campo-ciudad, teniendo que pasar por las inclemencias del tiempo, de la vida y de una sociedad que los invisibiliza, y adaptarse a ocupar uno de los puestos relegados a la marginalidad y a la calle, conociéndose por dedicarse al alto consumo de alcohol y por tener vidas muy miserables realmente.
Lo dicho. En esa convivencia y, bajo las características de la vida paceña, detrás de ese mercado, justamente donde comienzan a cerrarse las calles en sus días de feria mayores, está la chifa M.A.X.
Nadie pensaría que allí está la mejor chifa de Bolivia que he probado hasta hoy. Detras de una puertita de vidrio pequeña que da a la calle y que la ilumina.
Abres la puerta y estás en la China. Suena, junto al suelo de madera, una campañita colgada a la puerta. Inmediatamente comienzas a atravesar la puerta, sientes el ambiente tibio, los olores particulares de su cocina, las voces en conversación y el movimiento del anfitrión, don Liang.
Las paredes están llenas de calendarios con imágenes de flores de cerezo, peces golden, pavos reales... Todo muy rojo, amarillo y negro. Mi papá cuenta que todo lo que tiene don Liang se lo hace mandar desde su país natal, cada año. En cada espacio hay un adorno, las mesas son medianas y tienen las sillas juntitas, como para hacer de la experiencia más tibia todavía.
Frente a la puerta, al fondo, está el altar de Buda, con inciensos de alrededor de 45 centímetros de alto dispuestos a los costados de su imagen. Hay un ábaco junto a la caja, una ventanita pequeñita que da a la cocina y una puerta al patio que no es patio sino un hueco enorme desde el que se divisa el patio del primer piso. Nadie notaría que está en un segundo piso al ingresar por la calle si no fuera porque la disposición del baño está precisamente saliendo hacia el lado del patio.
Una casa muy deteriorada, con conecciones muy antiguas como las que tenía mi casa en Cochabamba, donde tuvimos nuestra última tienda de abarrotes -de la Colombia y Antezana-...
Es una chifa popular en ambos sentidos. Pero tan llena de detalles que no hay forma de no sentirse acogido.
Quizás también todo esto tiene que ver con mi viejito, un amante de todo lo que tenga que ver con conocimiento y cosas ricas que nos preparaba para el viaje y valoraba mucho aus experiencias en aqul lugar.
De entrada, sopa de huevo y de primero, pollito con salsa soya, ensalada de tofú o carne con pimentón, con ese arroz chino que se hace agua a la boca.
Es inevitable, ya comiendo, apreciar la música y quedarse embelezados con la sonrisa de Don Liang. Nunca lo olvidaré. Siempre esmerado en cumplir con los pedidos y siempre cortés al momento de entregarlos. Recuerdo sus papelitos de apuntes, bien pequeñitos y en los que sólo escribía palitos. Sus dedos rojos, muy rojos, no sé si por el frío, el calor o los colores de la comida, aunque nunca supe si él cocinaba.
Mi papá le hablaba con mucho cariño y él le correspondía. Desde que llegábamos allí era un ritual, un momento especial que sólo terminaba al salir.
Ir a pagar la cuenta era mi parte favorita, porque podía ver a Buda de cerca, digamos que era mi nirvana (emoticón de la risa y, como diría mi joven amiga, ¡ahre!), apreciar los cuadros y las imágenes de su altar y, sobre todo ver a don Liang en lo que para mí era un arte, haciendo uso del ábaco para sacar los numeros, era una elevación total para mí. Don Liang iempre muy concentrado antes de la sonrisa final, que sellaba con broche de oro nuestra experiencia.
He vuelto por allí hace unos cinco años aproximadamente. Y, aunque todo se conserva tal cual, la atencion ya no es exclusiva de don Liang, sino que la comparte con su hija, a la que vi muy pocas veces fuera de la cocina antes, pero que ahora parece estar heredando el mando. Lo triste de ella es que no sonríe ni mira a los ojos. Cualquiera diría que don Liang, por haber llegado extranjero y del Asia, donde creemos que la gente es más distante, sería así y que mas bien su hija, al criarse en Bolivia, se rebajaría, pero no. Resulta que don Liang es el sonriente y su hija es una paceñita más, que prefiere guardarse el cariño para la gente de confianza.
Esto ultimo daría para hate, pero quizás es un adelanto a otra historia, igual de interesante o más.
Así que habemus muchos "continuará".
Ya me pasé hace rato del tiempo de este gimnasio de escritura, me emocioné con La Paz. Es muy difícil para mí no hacerlo. Pues me encontré con mi espejo allí, una ciudad de soledades, una ciudad apta para personas como la que yo era.
Buenas noches y buenos prontos días.
Gracias por estar ahí.
Ilonka D.

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